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El 4x4 en una historia (David Ayala)

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Aprovechando la entrada anterior os voy a contar una historia de verdadero todo terreno publicada en Autovía hace ya un tiempo.

Situémonos: me encuentro sentado al volante de mi recién adquirido todo terreno. Ante mis ojos, como quien no quiere la cosa, la entrada de un camino ignoto (hay que ver los “palabros” que existen para decir que algo es desconocido). Un paraje sin descubrir oculta todos sus encantos a quienes no dispongan de valor y medios para acercarse al mismo. ¡Aquí va a ser! hoy por fin voy a llegar hasta esa zona donde, según el amigo de un primo de la suegra del vecino del pueblo de mi abuela, existe un paraje indescriptible. Hoy, mi todo terreno me llevará hasta allí.
Inserto primera y me adentro por un camino amplio y muy plano. Los baches casi no existen. Llego, incluso, a meter tercera con algo de velocidad y, al llegar a una curva de radio inferior a las anteriores, la trasera intenta realizar su propia trayectoria: necesito hacer contravolante y apaciguar mis ánimos con el acelerador para volver a poner las cosas en su sitio. Paro el vehículo para intentar comprender. ¡Claro! Se me había olvidado conectar la tracción total y, con propulsión trasera, suelo deslizante y demasiada fogosidad en el acelerador, la “espantada” de la trasera era sólo cuestión de tiempo. Recurro a la caja transfer y la sitúo en la posición de 4x4 largas; reanudo la marcha.
Unos cientos de metros más adelante se cierra un poco el camino, las ramas de los árboles me atosigan y los arbustos acechan a los lados. De repente escucho un estridente sonido a un lado de la carrocería. “Me se va la color” de sólo pensarlo, mi coche, mi flamante coche nuevo, ha quedado marcado. Bajo la ventanilla y contemplo cómo se apoya, al final de la carrocería, la rama de una zarza. La señal de la misma en la pintura metalizada hace temblar mis bolsillos. No hay dolor (me digo en un vano intento por animarme), el todo terreno “es lo que tiene”.
La tierra aparece cada vez más rota entre las ruedas y, sólo algo por delante, las primeras piedras comienzan a asomarse al camino intentando amedrentar a los viajeros. Con mi imponente TT de gran altura al suelo y protector de cárter no seré yo quien se detenga ahora. Una grieta inesperada que se va abriendo me pilla por sorpresa en el lado “malo” del camino, se va haciendo cada vez más profunda y, lo quiera o no, voy a tener que pasar por encima de ella para continuar la ruta.
Despacio, casi parado, apunto con las ruedas y presiono el acelerador, bajo por mi lado, asomo el morro por lo más profundo y comienzo a ascender. La suspensión delantera izquierda se comprime al máximo mientras la rueda delantera derecha queda prácticamente en el aire, un momento de duda, un poco más y… nada. Acelero un poco más fuerte y sólo consigo hacer girar al motor en vacío ¿Qué me ha pasado? Punto muerto, freno de mano, bajo del vehículo para contemplar la situación desde otra perspectiva. ¡Seré torpe! He ocasionado un cruce de puentes y ahora tengo una rueda de cada eje en el aire. La rueda delantera izquierda sobre el montículo de un lado de la grieta, la rueda trasera derecha sobre el montículo contrario, las otras dos ruedas rozando el suelo y justo en medio de la zanja.
Con el motor encendido y la tracción total insertada, la fuerza de la mecánica se transfiere tanto al eje delantero como al trasero. Los diferenciales actúan para enviar par a cada una de las ruedas pero, como hay una en el aire por cada eje, el diferencial (abierto) transmite el par a la rueda que patina, dejando a la que tiene tracción sin fuerza para moverse. No pasa nada. Mi coche también cuenta con diferenciales bloqueables manualmente. Los bloqueo y, como por arte de magia, el coche comienza a avanzar casi sin esfuerzo. En mi cara se dibuja una sonrisa tipo anuncio de dentífrico, en mi interior aumenta el ego en un 200%, “pedazo de coche tengo” me oigo decir.
El final de la ruta no debe estar lejos, quizás un poco más arriba, justo donde termina esa pendiente que… ¡cielos! -traducción de una palabra malsonante inapropiada para la escritura-, menuda pendiente. Por suerte la he visto a tiempo. La tracción total no es suficiente, necesito más fuerza y la necesito a poca velocidad así es que, para conseguirla, sitúo la palanca de la caja transfer en 4x4 cortas. Tomo un poco de carrerilla y en primera, con decisión pero sin estridencias, asciendo por la pendiente y sin detenerme hasta llegar a la cresta. Sigo siendo un torpe porque, en vez de haber investigado con anterioridad lo que me encontraría en esta zona me he aventurado a intentar pasarla. Ya es tarde para arrepentimientos. Casi con los ojos cerrados corono el ascenso con el cielo como única referencia y el corazón encogido por lo que pueda encontrarme.
La suerte del novato. Aquí arriba sólo hay una zona buena para pasar y yo he ido a caer justo sobre ella. El paisaje ya merece la pena. Desciendo del coche para saborear lo logrado; a mi espalda queda un pequeño tramo por recorrer, frente a mí las copas de los árboles serpentean por el camino recorrido: percibo claramente otro aumento porcentual del ego hasta que, para mi desgracia, observo que no existe ningún lugar para dar media vuelta y volver a casa. Es la última vez que me aventuro a salir solo y sin tomar precauciones.
Como diría el mismísmo Yoda: la fuerza se encuentra dentro de ti, pero tienes que saber controlarla y dirigirla. En mi pequeña aventura TT he podido ver hoy de primera mano el modo en que los sistemas de un todo terreno trabajan para adaptar la fuerza del motor a las circunstancias. Por desgracia, se me había olvidado que, además, el todo terreno requiere preparación, anticipación y, para hacerlo verdaderamente bien, planificación y acompañamiento (en la medida de lo posible se debe evitar salir solo). En fin, cuando encuentre un lugar para dar media vuelta prometo volver para contárselo a los lectores.
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02/02/2007 ir arriba

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