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Presidida por el mismísimo Luis Moya, la presentación del Impreza STI que tuvo lugar hace unos años es uno de los recuerdos más gratificantes que tengo de mi experiencia como periodista del motor. De él conservo un bonito reloj, una gorra, una camiseta y la satisfacción de una experiencia única. Se realizó en un circuito y yo escribí lo siguiente: 
Revolución en el gallinero, uno de los gallos más temidos del corral ha pasado por el gimnasio para volver fortalecido, no sólo ha aumentado su poder, también su agilidad. ¡Temblad, gallinas! este gallo viene pidiendo guerra. No se trata de un lugar para gallos cualquiera, estamos en el punto de reunión de los más aguerridos, los que se enfrentan cada cierto tiempo en el barro de los caminos, los que luchan ala con ala en las curvas de los cinco continentes, aves de vuelo rasante y sangre caliente dispuestos a picar a cualquier desprevenido. El Subaru Impreza STI ha vuelto al corral buscando guerra. No lo mires, no te acerques, no te subas y, sobre todo, no lo pongas a prueba; un gallo como este puede hacerte perder la cabeza. Entre un gallo de pelea profesional y uno amateur existen muchas diferencias. Dos de ellos, sin embargo, ofrecen en ambos campos verdaderas armas de guerra: el Mitsubishi y el Subaru. El guante tirado por el futuro EVO ha sido recogido del suelo por el nuevo Impreza; el duelo está servido. Nada de rodeos, el Impreza viene a pecho descubierto. Un pecho hinchado por el aumento de cilindrada. De los dos litros se pasa a los 2,5 utilizando para ello el bloque conocido del Forester turbo. Distribución variable del árbol de levas de admisión y sistema de refrigeración secundario para los colectores de escape elevan la potencia hasta los 280 CV (25 más que el anterior) mientras el par motor sube más de un 12%, pasando de 35 a 40 mkg. El control del poder aumenta con la incorporación de una caja de cambios de seis relaciones y de un diferencial central que considera incluso el ángulo de giro del volante. Para una buena pelea se requiere concentrar la fuerza en el ala que mejor capacidad de sustentación tenga. El Impreza presenta un reparto de par inicial de 41% delante y 59% detrás. Pero éste puede variar manualmente mediante un mando en el interior y también de forma automática, gracias a la intervención de un diferencial central de deslizamiento limitado que funciona mediante dos mecanismos independientes, uno mecánico y otro electromagnético. Cuando la situación hace que el morro se deslice interviene exclusivamente la parte mecánica para llegar a transmitir sólo un 20% del par a las ruedas delanteras y el 80% restante a las traseras. En el caso de derrapar de las ruedas traseras la sola intervención de la parte mecánica permite un reparto de hasta 60/40 entre delante y detrás mientras que, cuando es necesario, el mecanismo electromagnético eleva dicha relación hasta un límite de 80/20. La renovada fortaleza de este gallo se vislumbra también en su plumaje. El nuevo deflector sobre el techo dirige el aire hacia el spoiler trasero para aumentar la efectividad del mismo, mientras que en los bajos también se han instalado difusores para controlar de manera más eficiente el flujo del aire y disminuir así las fuerzas ascendentes, mejorando con todo la eficiencia aerodinámica del conjunto. Los ojos rasgados, un pico más prominente, las llantas doradas de 17 pulgadas y los limpialavafaros terminan de conformar la imagen de un gallo que está pidiendo guerra. ¿Te atreverías a dársela? 
Vale, te atreves con el gallo amateur pero ¿te meterías en la batalla con profesionales? Yo lo hice, me monté en el mismísimo Impreza de carreras para que Chris Atkinson, piloto de Subaru, me demostrara lo que un gallo de este plumaje es capaz de hacer. Forrado con un mono prestado, metida la cabeza en un casco con radio y embutido en un baquet con arneses en el que no te mueves ni pidiendo la vez, la jaula de seguridad me recuerda la seriedad de la situación, y yo disfrutando “como un enano”. De parado a 100 km/h no han pasado tres segundos, mi cabeza se ve incapaz de despegar el casco del asiento, el curvón a izquierdas muere en una curva larga a derechas que nos hace girar 180º en un amplio radio. Frenada para afrontar la zona más virada, las manos de Atkinson se mueven de un lado a otro con aparente descontrol y eficacia real. Toca el mando del diferencial para variar el tarado, curva a derechas con el coche de costado, contravolante, control de la zaga a base de acelerador, endereza el coche, curva a izquierdas, comienza de nuevo el proceso. Encantado con la experiencia intento disfrutar de la misma mientras procuro echar de mi mente a ese diablo perverso que me grita sin parar “éste sí que sabe pilotar y no tú, pilotillo frustrado”. Termina el “paseo” y me despido con una sonrisa visible, una congoja invisible, un apretón de manos y un pensamiento: déjame ese coche para practicar, seguro que nunca lo haré como tú, pero nadie me quitaría lo bien que me lo iba a pasar en el intento.
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