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Sé que no hace treinta años porque ya iba en autobús, pero puedo asegurar que fué hace al menos dos décadas cuando conocí a mi primer y verdadero GRAN AMOR.  
Pasaba todos los días por su ventana. Jamás me paré realmente a mirar, me daba vergüenza. Me conformaba con apoyarme en la ventana del autobús y disfrutar observando su belleza. Siempre en el mismo sitio, en la esquina de Isaac Peral, su silueta me impresionaba cada día. Tenía la capacidad de mostrar un imponente interior en un envoltorio lleno de misterio y pasión. Ni una mirada, ni un momento perdido, ni una sola vez se dignó moverse apenas un milímetro para demostrarme el más pequeño atisbo de reciprocidad. No me importó. Me bastaba con tener su imagen en mi mente, con imaginarme la sensación de poseer lo prohibido. Desgraciadamente, como todos los grandes amores, el mío terminó sin haber tenido siquiera la oportunidad de darme a conocer. Antes de tener edad para cortejar a tan bella creación su destino cambió de rumbo. El concesionario Sánchez Ferrero de BMW abandonó su ubicación y retiró del escaparate el precioso M1 rojo que tanto tiempo había significado para mí el no va más de la fascinación automovilística. Jamás he vuelto a verlo. En alguna feria automovilística he pasado al lado de modelos de la época pintados en blanco y con franjas de los tradicionales colores de M Technich, pero no era lo mismo. Lo dice la canción... ningún beso como los besos que no se han dado... ningún coche como los coches que no se han conducido...  
Treinta años después de que Giorgio Giugiaro dibujara las líneas de aquel automóvil los ingenieros y diseñadores de BMW han querido reinventar las líneas del M1 con el M1 Homage. Quizás, si los astros se alían y mi profesión lo permite, logre un día ponerme a los mandos de un coche que se base en este prototipo de raíces históricas. Todavía tengo la esperanza de saber qué se siente al poseer al verdadero gran amor o, al menos, de lo que se siente al retozar con su más directa descendencia.
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