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Niños y sillitas (David Ayala)

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De unos meses a esta parte cuento con un extraño poder que me hace reír internamente. Amanece como siempre, me cuesta levantarme, como siempre, y en el espejo, desgraciadamente, encuentro al mismo tipo de siempre. Nada es distinto, el inicio de la dieta siempre puede esperar un día más porque, total, sólo me sobran un par de kilos… bueno, o algunos pares más. En fin, que tampoco es cuestión de andar metiendo prisa a las cosas. El tema del pelo resulta mucho más estresante. A los hombres nos ocurre con éste como dicen las mujeres que les pasa con la grasa, siempre aparece más justo donde menos se necesita, y es que cada día descubro que tengo más vello y menos cabello ¡habrá que resignarse! Pero al abandonar mi imagen frente al espejo y caminar hacia la cocina paso por un cuarto en el que reside la culpable de mi felicidad. No se oye ningún ruido, me quito las zapatillas y entro sigilosamente para comprobar si todo está en orden. Un bulto pequeño y rollizo descansa ajeno a las prisas de este mundo moderno. El dedo en la boca, el edredón a los pies de la cuna, la cabeza totalmente pegada en un lado y el cuerpecito atravesado en el colchón. Echa un ovillo se encuentra la mayor de mis satisfacciones.
Como dos niños de pocos años mi mujer y yo echamos carreras hasta la habitación de la niña para ver quién la coge primero. Ella, recién despierta, con tanta hambre como ganas de cariños, sonríe y mueve los pies y las manos esperando que alguno de nosotros se decida a sacarla de su cuna. Hoy me toca a mí. Son los ocho kilos de peso más livianos y acogedores del mundo. Una visita al espejo le permite darse los buenos días a sí misma y regalar a sus babosos padres con una tremenda sonrisa para, justo después, realizar un irresistible llanto pidiendo con razón su desayuno. Mientras sujeto con una mano el biberón sostengo con el brazo opuesto su pequeño cuerpo y me siento el hombre más importante del mundo. Sobre todo cuando, al notar su primer apetito saciado, mi hija alza su mirada en busca de la mía mientras continúa comiendo. La primera toma del día termina con las manitas abrazadas al biberón y la boca metiendo pequeños mordiscos a la tetina intentando calmar el dolor de los nuevos dientes.
Tras una pequeña lucha por poner la ropa del día en su sitio -con lagrimones y berrinches en miniatura incluidos- y después de haber rellenado el bloc de la guardería, sólo me queda montar a la niña en el coche para dejarla con esos otros enanos que componen su primer grupo social. Hoy pruebo un vehículo de tres puertas que, por suerte, cuenta con la posibilidad de desconexión de airbag del acompañante. Pongo la silla en su sitio, coloco el cinturón, muevo el asiento para alejarlo del salpicadero y vuelvo a casa para coger a mi diminuta compañera de viaje. Ya sabe a dónde vamos, alza los brazos, dice que no con la cabeza porque, estoy seguro, no sabe decir que sí. Mueve todo el cuerpo emocionada cuando ve el coche y yo juraría que esta niña será la primera mujer en hacerse con el campeonato del mundo de Fórmula 1. No os creáis, no es pasión de padre, porque mi hija, como los hijos de todo el mundo que conozco, es superdotada. Será lo que quiera ser, seguro, ya veréis.
Sentada junto a mí descubre una nueva perspectiva (habitualmente viaja atrás) mientras su padre lucha contra sí mismo intentando prestar la debida atención a la carretera en vez de decir sinsentidos y tonterías para hacerla reír. Aunque apenas dos kilómetros nos separan de la guardería, las irremediables obras han creado un pequeño atasco en el que nos encontramos inmersos. Por una vez, que sea enhorabuena, así puedo disfrutar un poco más en compañía de mi hija. El coche de atrás acerca demasiado el morro y yo, muy en mi sitio de padre protector, miro enfadado al conductor. No, no se trata de un conductor, sino de una conductora ¿y eso de al lado? Se mueve un montón pero, en realidad no parece que haya nadie. Espera, sí, eso es, se trata de un niño pero… si está dando saltos. No me lo puedo creer, vuelvo a mirar con mayor atención. Sí, seguro, es un niño de apenas tres años que está jugando en el asiento delantero y sin ningún tipo de protección. Me quedo perplejo hasta que, observando atentamente, compruebo que la madre lleva puesto el cinturón de seguridad. Ahora, además, estoy indignado.
Lleva un coche grande, un todo terreno. Desde su posición de privilegio mantiene la atención en los coches de delante esperando que por fin podamos avanzar. No sé qué hacer. Mi mente busca mil motivos para entender su actuación. ¿Comodidad? ¿Falta de ganas? ¿Prisa? ¿Qué demonios puede llevar a alguien a olvidar un tema tan importante como la seguridad de un hijo? Sólo puede ser por desconocimiento, no concibo ningún otro motivo válido, no concibo que una madre o un padre pasen por alto algo tan básico. Seguro que está realizando un trayecto muy corto, quizás como el que yo hago y, como no van a salir a carretera, considera que no existe un peligro real. Se equivoca. Esos golpes tan aparatosos que aparecen en las pruebas de choque se realizan a menos de 60 km/h. A dicha velocidad saltan los airbag y objetos y pasajeros salen despedidos hacia delante con su peso varias veces multiplicado. En tales circunstancias el golpe del niño contra el airbag, que va en sentido contrario, muy probablemente tenga consecuencias fatales.
El coche de delante se mueve muy lentamente, quizás me dé tiempo a bajar del coche y avisar a la buena señora. Por favor, que se detenga el tráfico y pueda avisarla. Los coches continúan avanzando. Llegamos a una rotonda en la que tengo que girar a la izquierda y veo que el todo terreno pone la intermitencia para salir por la derecha, decido ir por su mismo camino. Acelero un poco para adelantarme, busco un hueco para hacerme a la derecha y hago señas para que se pare a mi lado. Reduce su velocidad, se para y, cuando comienzo a hablar, la pitan. Intento transmitirle rápidamente mi advertencia pero no me da tiempo. Con un criterio lógico, la conductora seguro que piensa que quiero hacerle algo o que sólo necesito información, no merece la pena exponer a su hijo a este peligro. Acelera, los conductores que la siguen me miran con cara de pocos amigos, el todo terreno se pierde cientos de metros más allá en la carretera.
No he podido decírselo, no he podido explicarle el tremendo vacío en su vida que, en sus actuales circunstancias, puede significar el tener que dar un frenazo brusco, una parada repentina de los vehículos que la preceden, un pequeño despiste al volante. Nada podría consolarme si me pensara responsable de una pérdida tan grande. Si supiera que mi actuación ocasionó consecuencias tan dramáticas no tendría ningún lugar en el que guarecerme. Mi hija, mi preciosa hija. Ojalá y todos los padres y madres supieran, como yo lo sé, que viajar con seguridad en un coche resulta muy sencillo pero requiere pequeños esfuerzos. Ningún trayecto es demasiado corto, ningún segundo es tan importante. Por mi parte, aunque no haya podido avisar personalmente a la conductora que me seguía, haré todos los esfuerzos por llevar este mensaje de seguridad tan lejos como me sea posible. Quizás lo hago por vosotros, quizás lo hago por mí, quizás lo hago porque te quiero, pequeña Danielilla, y porque no puedo pensar en un dolor mayor que el de perderte, y porque soy consciente de una realidad: quien sabe a lo que se expone no comete el error de llevar a sus hijos sin las debidas garantías de seguridad.
Lo hago porque solo puedo decir lo que siento acordándome de una rima que cantábamos de pequeños: "Te quiero más que te quiero, Danielilla, y tanto te quiero que, que más de lo que te quiero, ya no te puedo querer". Y porque te quiero tanto, aunque llores a veces porque quieres el cuchillo que yo uso, no te lo daré. Por eso, aunque pidas a gritos que deje de ponerte la crema que te protege del sol, seguiré poniéndotela. Y no me rendiré cuando muevas las manos como una desesperada para deshacerte de mí; continuaré sujetándote con fuerza para cortarte las uñas y que no te lastimes con ellas. Y dentro de algunos años, cuando seas capaz de hablar y me preguntes si realmente te quería tanto, te diré que te quería más, y te mostraré las sillas que fuimos utilizando para llevarte en el coche según aumentaban tu peso y tu talla, y te contaré que un día, porque te quiero, decidí escribir unas líneas que hicieran reflexionar a otros padres acerca de la seguridad de sus hijos en el automóvil.
NOTA DEL AUTOR: Quisiera decir otra cosa pero esto es, por desgracia, una historia real.

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03/08/2007 ir arriba

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Sillitas niños
Una entrada muy interesante! y genialmente escrita. Cierto es que hace falta mucha más información y mucho más sentido de responsabilidad, sobre todo con los niños. Me gustaría recomendarles una página donde se incluye información muy útil. Espero que les sea de ayuda!!

www.chicco-babycarsafety.com
mr cfauto - ip:***62.33.146 - (17/08/2007)

Gracias
Lo cierto es que fue fácil escribirlo. Cuando los sentimientos afloran lo difícil es pararlos. Gracias de todos modos.
David Ayala - ip:***111.48.45 - (05/08/2007)

Fantástico relato
Muy bueno David, me ha encantado.

Es una pena que la gente no esté concienciada en el peligro que supone un volantazo en el coche para un niño.
Tú hiciste lo correcto, más de lo que hubieramos hecho los demás.

Un saludo! :)
Elena - ip:***.60.28.186 - (03/08/2007)
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David Ayala
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