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El viaje de presentación del Fiat Croma ha tenido sus peculiaridades. Reconozco que no recibí la invitación con demasiada alegría, había que salir un jueves y se volvía un viernes a última hora de la tarde. Esto, que en sí mismo ya es un problema, empeora al aplicar las famosas leyes de Murphy, que vienen a aumentar las posibilidades de retraso del avión de regreso en progresión geométrica dependiendo de la hora; cuanto más tarde es el vuelo, más posibilidades hay de que exista un retraso. Si además tienes prisa por llegar porque has de acudir a una cena, a un cumpleaños o a cualquier otro compromiso, la probabilidad de que el retraso sea desproporcionado llega a superar el ochenta por ciento. Sea como fuere me presenté en el aeropuerto de Barajas, en la temida T4, a las nueve de la mañana. Hora fatídica ésta, porque supone que he de tragarme todo el atasco de la M40 o realizar un enorme rodeo para tardar lo mismo pero realizando muchos más kilómetros y, al menos, disfrutando de la conducción. Lógicamente, adopté esta última opción, por lo que tuve que levantarme igualmente muy pronto y ya había realizado más de 70 kilómetros cuando saludé a la responsable de prensa. Air Nostrum era la compañía encargada del vuelo. Buena compañía en mi opinión pero algo esquiva, y es que vengo viajando con ella varios años a diversos destinos y todavía no he sido capaz de coincidir con mi hermano, que jura y perjura que es piloto y trabaja en ella. Como no me tocó ventanilla me fue muy difícil conciliar el sueño -no quería apoyar la cabeza en mi compañero de asiento- pero, una vez que lo conseguí, las azafatas comenzaron a pasar con el desayuno. Existe una máxima en la profesión de periodista del motor: come cuando tengas oportunidad porque no sabes cuándo volverás a poder hacerlo. Con dicho pensamiento en la mente y la gula propia de mi persona engullí el donut de chocolate como si no hubiera desayunado ya en mi casa y, no contento con ello, fui incluso capaz de pedirle a la azafata un bizcocho en su camino de vuelta. Al llegar al aeropuerto de Turín nos esperaba el autobús de la marca para, según suponíamos, trasladarnos al hotel. No obstante, y aunque no venía en el programa, la primera parada fue el Restaurante Urbani (Vía Saluzzo, 3). Sí, la mayoría de nosotros habíamos aplicado la máxima descrita anteriormente pero hicimos un esfuerzo -grande, diría yo sarcásticamente- y nos dispusimos a comer lo que habían preparado para nosotros. No es que fuera gran cosa (por favor, aplicad en la frase anterior un montón de sarcasmo); unos embutidos de primero, con queso parmesano por doquier, atún que cogíamos directamente de una lata de unos cinco kilos, cervezas frías a petición, vino de la tierra embotellado por Fiat y, por supuesto, palitos de pan. A pesar de la cantidad de comida dispersa por la mesa se trataba sólo de los entrantes, a los que siguieron una excelente pasta y arroz o pescado a elección. Bueno, esto último fue lo que entendimos, pero cuando a todos los que pedimos arroz nos trajeron filetes de carne de ternera comprendimos que había habido algún problema de traducción. Para los postres nos ofrecieron un excelente helado que comimos por obligación, claro. En definitiva, que cuando realmente llegamos al hotel, la mayoría de nosotros llevávamos un exceso de equipaje a la altura del ombligo y muchas ganas de echar una siesta. Teníamos algo más de dos horas hasta la hora de la presentación, por lo que descansé un poco y, haciendo de tripas corazón, me puse la ropa que había llevado para realizar deporte. En la publicidad del hotel, que es uno de los que se ubican en la antigua fábrica de Lingotto, se decía que se podía correr en la azotea o, lo que es igual, en la antigua pista de pruebas para coches que se ubica en lo alto del edificio. Una oportunidad así no se podía perder, y por ello pedí la llave en recepción y, pasando por el centro comercial, ascendí hasta el piso más alto para salir justo a la pista de pruebas. Efectivamente, tal y como me habían dicho e incluso como había visto en fotografías, existe una pista de pruebas. Bueno, una mini pista. Es un óvalo en el que cada lateral debe medir unos 400 metros y en el que las curvas de ambos lados son un enorme peralte. Así es que me dediqué a correr en dicho óvalo y, tras dos vueltas, incluso ascendí por el peralte para realizar toda la curva por su zona más alta. La inclinación es tanta que me costó bastante llegar arriba y, una vez allí, comprendí la estupidez de mi acción al tener verdaderos problemas para avanzar hacia delante mientras luchaba por no caerme pendiente abajo. No llegué a caer y, a pesar de dar otras tres o cuatro vueltas, fue la primera y última vez que cometí el error de subir por el peralte. Media hora de carrera, a todas luces insuficiente para bajar la aparatosa comida del mediodía pero lo máximo que podía estar para llegar a tiempo a la rueda de prensa. Esta se celebró a las siete de la tarde, y en ella ocurrió algo que a veces pasa en estos eventos: los periodistas preguntamos lo que quisimos y los responsables de la marca nos contestaron lo que les dió la gana. Así pues, la mayoría aceptamos con satisfacción la visita a una exposición de arte africano y la posterior cena. Si pensáis que la última comida del día fue tan pantagruélica como la del mediodía, efectivamente, lo fue. Por suerte, la cita del día siguiente no obligaba a madrugar demasiado, por lo que a primera hora de la mañana me autocastigué con otra media hora de deporte que tampoco fue suficiente para bajar la cena, por lo que lógicamente resultaba a todas luces insuficiente para permitirme el desayuno que tomé. Aun así, me sentí mejor que sin hacer nada, como siempre. A las diez de la mañana me monté en el coche con Alfonso Sylvestre, probador de Coche Actual, excelente conductor y gran persona. Elegimos un 2.4 de cinco cilindros con 200 CV que, dotado obligatoriamente de cambio automático, funcionaba bastante bien. La ruta no resultó demasiado buena para probar, con mucho tráfico, pocos kilómetros y un rutómetro que parecía cualquier cosa menos un elemento de ayuda para llegar al destino. El final de la ruta era Mirafiori, un centro de Fiat en el que nos permitieron almorzar en el mismo comedor que los trabajadores aunque con un menú bastante más suculento a juzgar por las miradas que los sufridos trabajadores nos lanzaban. Tras la comida tuvimos que hacer tiempo incluso en un concesionario de Fiat, Alfa y Lancia, porque habíamos terminado de comer como cuatro horas antes del momento en el que se suponía que debía despegar nuestro avión de vuelta. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Desconozco si a alguien le interesa este tipo de historias. La he incluido por si fuera cierto así es que, si has llegado hasta aquí, por favor, ponle una nota a este post. No te cortes, si no te ha interesado en absoluto ponle un cero, se trata de saber qué es lo que queréis saber. Eso sí, en el caso de que te haya gustado tampoco te cortes, una buena nota no le amarga a nadie. Por supuesto los comentarios también son bienvenidos.
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