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Lo he dicho muchas veces, aquí y en otros lugares; tengo mucha suerte de dedicarme a la profesión de periodista del motor. Gracias a ella he tenido la oportunidad de viajar a innumerables lugares, alojarme en hoteles que jamás podría pagar de mi bolsillo, conocer y dialogar con técnicos y especialistas del mundo del automóvil y, sobre todo, de conducir tanta variedad de marcas y modelos que a veces incluso tengo pensar dos veces para recordar si realmente mis posaderas se pusieron tras el volante de determinado vehículo.
Y cuando me toca probar un deportivo de los de verdad sigo sintiendo el mismo nudo en el estómago, me sigue entrando un poco de miedo escénico por si acaso no estaré a la altura de las circunstancias, por si todos mis años y experiencias al volante no serán suficientes para encontrar el verdadero valor de máquinas realizadas para disfrutar de la conducción. Ya sé que es políticamente incorrecto decir que uno disfruta conduciendo, pero espero que la mayoría de vosotros lo hagáis, pues tal situación suele llevar implícita mayor seguridad en la conducción. Sí, porque disfrutar de la conducción no es igual que hacer el bruto con el automóvil, significa sentirse gratificado por el mero hecho de conducir.
La ventaja añadida de dedicarme a todo esto es que también tengo acceso a circuitos de una manera más o menos habitual. No me refiero a ver las carreras, sino a rodar por el negro asfalto que en otros momentos ocupan los pilotos profesionales. El disfrute aquí es doble; se pueden buscar los límites con más seguridad y se pueden hacer determinadas maniobras que serían una temeridad en carreteras abiertas. El vídeo que os pongo a continuación es una muestra de este tipo de diversión del que os hablo. Sé que algunos sentiréis envidia, lo entiendo, también yo he tenido esa sensación durante muchos años leyendo las pruebas de otros periodistas. Lo siento por vosotros, pero me alegro infinito por mi.
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